“A
mi hijo yo mismo le enseñé a
tomar para que no ande con
curiosidades ni nadie se lo
baje.”
“Yo
pensé que se tomaba un par de
cervecitas con sus amigas, nunca
imaginé que llegara ebria al
colegio.”
“No
me acuerdo qué pasó, mami,
cuando abrí los ojos estaba con
esa señora en la cama.”
Según
FUNDASALVA, el consumo de alcohol,
cigarros y otras drogas empieza
antes de los 15 años. Basta un
paseo por lugares de
entretenimiento nocturno para ver
niños y niñas en ese rango de
edad consumiendo estas sustancias
hasta altas horas de la madrugada.
La
adolescencia es una etapa de
cambios importantes a nivel físico,
sicológico, social y familiar.
Los gustos e intereses también se
modifican y la necesidad de vivir
experiencias al margen de la vida
familiar y la supervisión de los
padres es parte del proceso en el
que afianzan su propia identidad y
se vuelven más autónomos.
Las
situaciones de riesgo son parte de
dicho proceso y la manera en que
afrontan los peligros ayuda a
definir la madurez que han
alcanzado, por lo que la supervisión,
guía y ejemplo de los padres es
necesaria para que aprendan a
cuidar de sí mismos.
Evitar
la ingesta de sustancias dañinas
para su mente y cuerpo es uno de
los retos más importantes que
tiene cada joven y sus
progenitores.
Tomar
es fácil
Muchos
jóvenes encuentran en el alcohol
una droga fácil de adquirir y con
menos rechazo social. Muchos
padres de familia se sienten
tranquilos de que sus hijos
solamente “se echen sus
traguitos”, pero no consumen
otras drogas, como la cocaína y
la marihuana.
Sin
embargo, este falso alivio no
previene de las consecuencias en
la salud física y el desarrollo
integral de los adolescentes que
consumen alcohol regularmente, aun
en pequeñas cantidades.
Los
efectos más comunes no se
detienen en el deterioro
progresivo y asolapado del
organismo y las funciones
mentales.
Existen
también otras situaciones que
suelen presentarse cuando el
alcoholismo está ganando terreno
en la vida del adolescente:
Accidentes
de tránsito mortales o con graves
secuelas para las o los jóvenes
que los provocan, o para terceras
personas.
Bajo
rendimiento académico.
Conducta
agresiva y baja tolerancia a la
frustración.
Conducta
delictiva o ser víctimas de
delitos como violaciones, robos y
otros.
Sexualidad
precoz, embarazos, promiscuidad,
enfermedades de transmisión
sexual.
Mayor
probabilidad de generar
alcoholismo o mantenerlo en la
edad adulta.
La
lista anterior contempla
situaciones que pueden darse sin
que los padres o madres sepan que
están originadas por el alcohol,
es decir, pueden ocurrir como
consecuencia de una noche en
estado de ebriedad o por el
silencioso y paulatino desgaste
que mente y cuerpo sufren producto
del alcohol.
Actuar
a tiempo
No
se puede esperar a que los hijos
entren tambaleantes a casa una
madrugada, para sentarse con ellos
a hablar del alcohol y del
alcoholismo como enfermedad. Para
protegerles es necesario abordar
el tema con la misma trascendencia
que se habla de sexualidad, o cómo
evitar que sean abusados
sexualmente, o lo importante que
es que estudien y se forjen un mañana.
Ningún
padre o madre de familia está
exento de que sus hijos o hijas
adolescentes inicien el consumo de
alcohol y otras sustancias. Aun
aquellos que poseen núcleos
familiares estables, tengan buenas
relaciones con sus padres,
rendimiento académico aceptable u
otras condiciones favorables en su
vida, pueden ser víctimas de esta
grave enfermedad.
Algunas
medidas que pueden contribuir a
evitar los riegos son las
siguientes:
Conocer
la opinión o actitudes de los
hijos respecto al alcohol.
Observar
con discreción su comportamiento
cuando vuelvan de fiestas o
paseos. No conviene convertirse en
detective o policía de los hijos,
es mejor apoyarse en el diálogo,
la confianza y la supervisión.
Explicar
claramente qué es el alcoholismo
como enfermedad y sus
consecuencias.
Hablarles
sobre los aspectos legales
alrededor de la ingesta de bebidas
alcohólicas por menores de edad.
Ensayar
maneras y estrategias para que sus
hijos manejen la presión de grupo
ante el alcohol. Compartir con
ellos frases que les sean útiles
para rechazar la invitación a
tomar: “No tengo ganas, prefiero
una soda”, “por qué insistes
si ya te dije que no”, “no
acostumbro a tomar”, “he
decidido no probar bebidas alcohólicas”,
por ejemplo.
Evitar
justificar el propio alcoholismo
de los padres con argumentos como
la edad, madurez o que sí saben
manejar el trago.
Controlar
las horas y estado en que regresan
a casa. Si se descubre que han
bebido, debe tomarse con seriedad
y actuar en consecuencia.
Discutir
las reglas de comportamiento en
fiestas y dejar claro que ingerir
alcohol no está permitido.
Arriesgarse
a sancionar la ingesta de bebidas
alcohólicas, antes de tener un
hijo o hija en un grado avanzado
de esta enfermedad.