
Leyre Ventas
El Diario de Hoy
lventas@elsalvador.com
Dicen las estadísticas que las mujeres comienzan a tomar alcohol en
torno a los 15 años; a la par de los hombres (Fundasalva,
Prevalencia del consumo de sustancias sicoactivas en El Salvador,
junio de 2004) .
Es el propio estudio el primero en rasgar dicha igualdad al
referirse al hábito: “de acuerdo con los resultados, se obtiene
un estimado de más de un millón de consumidores de licor y/o
cerveza, el 70% hombres y 30% mujeres”.
Confirmando estos datos, Alcohólicos Anónimos calcula que una de
cada tres personas que acude a las terapias es mujer. Sin embargo,
la variante sexual no tiene cabida en el tratamiento.
Dicha concepción la discute María Eugenia Molina, directora de la
Fundación Alma, el más reciente de los proyectos de recuperación
para adictas que existe en la ciudad.
Con tres meses de vida, seis internas y un equipo multidisciplinario
formado por una monitora, dos psicólogas, una siquiatra y una
doctora en medicina general, conforman un albergue de y para
mujeres. “No hay casi centros para ellas y su problemática es tan
diferente que debe ser tratada aparte”, reivindica Molina.
No tanto por militancia sino por experiencia, porque como recuerda
su administradora de la Puerta de Salvación para mujeres alcohólicas
y drogadictas, Lidia Ventura, “ya los tuvimos todos revueltos”.
Es una asociación exclusivamente femenina. Se fundó como centro
mixto hace 23 años, pero para evitar complicaciones (embarazos
indeseados, abortos, abusos) se decidió separar a la población,
manteniendo los servicios –ambulatorio y residencial– y el
modelo de tratamiento: terapias diarias y charlas eventuales con
psicólogos.
Integración
Contraria ha sido la evolución de Fundasalva, la Fundación
Antidrogas de El Salvador. La apuesta por la integración en su
programa de internamiento no cuenta con más de ocho meses de vida.
La nueva concepción coincide en fecha con el ingreso de María José
en la comunidad terapéutica: el 6 de mayo de 2004. La alcohólica y
adicta a tranquilizantes tuvo que acostumbrarse a que los hombres le
trataran “fuerte”, y ellos a respetarle.
La rutina y la disciplina no hace distinciones: todos los miembros
de la comunidad madrugan y se acuestan a las 9:00 de la noche,
ordenan sus habitaciones, se turnan para criar pollos, plantar
tomates y chiles verdes o cuidar flores tropicales, y se esfuerzan
en resumir temas en las exposiciones grupales.
El director del programa, Michelle Satta, asegura que la terapia es
conjunta porque se abordan problemas similares: “es conveniente,
por ejemplo, que un hombre que se haya acostado con homosexuales a
cambio de bebida comparta la experiencia con mujeres que se hayan
prostituido por la misma razón”.
Sin embargo, la terapeuta del Departamento de Tratamiento y
Recuperación de Fundasalva, Julia Borja, insiste en matices. El
primero, el de raíz: “el patrón social dicta que tomar es cosa
de hombres, por lo que las alcohólicas están mal vistas”.
El mismo temor a sentirse señalada hace que éstas se resistan a
acercarse a un centro de rehabilitación. Así explica Borja que de
los diez asistentes a la charla de sensibilización de la semana
anterior sólo una fuera mujer.
La segunda distinción se refiere a los motivos: “con frecuencia
las mujeres caen en el alcoholismo por sucesos como la viudez o el
divorcio”. La soledad es la principal causa.
María José admite que siempre se sintió sola, pero no sabe si
buscar en ello la explicación a su dependencia. Sobre todo desde
que se le diagnosticó un trastorno depresivo congénito.
La psicóloga en adicciones, Eunice Juárez de Rodríguez, insiste
en que la autoestima es lo que más hay que trabajar con las
internas. Destaca aquellas que han superado su cuarta o quinta década
de vida: “no se casaron, no tuvieron hijos... no se sienten útiles
y entran en crisis existencial”.
Sofía, la ingeniero civil que a los 15 años ya sabía lo que era
perder la conciencia tomando y a los 35 comenzó a “tomar para
vivir”, también sufre depresión.
Ella alcanzó metas profesionales –la última obra que dirigió
fueron 330 lotificaciones– pero no fundó hogar alguno.
Sofía se le sumó a Julia en la comunidad. Otras tres comparten
problemática en el programa ambulatorio.
Fundación Vida añade seis a las adictas en proceso de recuperación,
y 15 la veterana Puerta de la Salvación. Aún considerando las
miembros incalculables de Alcohólicos Anónimos, la asistencia no
responde a la realidad del alcoholismo femenino. Lo dice María José,
“las opciones para mujeres son limitadas”.
Daño al cuerpo propio y ajeno
El síndrome alcohólico fetal se traduce como daños cerebrales y
defectos físicos causados por una mujer que toma durante el
embarazo.
Según el ginecólogo José Domingo Chávez, el alcohol es una de
las drogas que más absorbe la placenta, aunque la ingesta necesaria
para que la sustancia afecte al feto no está determinada.
Los niños que responden al diagnóstico suelen presentar características
faciales distintivas: ojos poco abiertos, nariz vuelta hacia arriba,
labio superior fino y, en general, circunferencia craneal de tamaño
anormal.
Menos evidente, el síndrome provoca deficiencias de crecimiento y
la disfunción del sistema nervioso central.
El aprendizaje es tardío y, con frecuencia, los niños afectados
encuentran dificultades para la comunicación y para interpretar
“señales sociales”.
Además, la carencia de habilidades de pensamiento crítico les hace
parecer irresponsables e indisciplinados.
Chávez recuerda haber conocido casos de síndrome alcohólico fetal
cuando trabajaba en el Hospital Rosales. Sin embargo, las afecciones
relacionadas con el consumo de alcohol que con más frecuencia trata
son alteraciones de la menstruación.
“El alcohol y la promiscuidad es una combinación habitual y la
mujer ebria está expuesta a sufrir abusos y violaciones”. Con
menos asiduidad recibe pacientes aquejadas de infecciones gineco-urinarias.
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